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Andar puede ser para algunas personas como el respirar, algo que integran en su día a día sin darse cuenta. O puede ser una actividad física que se hace con desgana y que produce bostezos. Tanto para unas personas como para otras, andar es muy beneficioso, y en este post explicaremos por qué.

“Andar es el deporte más completo que hay”. Es una frase que empieza a ser común entre las personas que pasan de los 60. Y es normal: sus médicos de cabecera se lo repiten constantemente: “Tiene usted que andar, ya verá lo bien que le sienta. Andar es el deporte más completo que hay”. ¿Es cierto? Bueno, andar ni siquiera es un deporte. Cuando el médico dice estas cosas, tiene en la cabeza animar a sus pacientes a que hagan el más mínimo movimiento, pues a partir de ciertas edades esquivar la vida sedentaria de cualquier forma es ya un éxito. Y el médico sabe que si describe andar como el ejercicio definitivo, sus pacientes se animarán a practicarlo. ¿Exagera el médico o verdaderamente andar es beneficioso? La respuesta es un sí doble: sí, exagera (y bien hecho), y sí, andar es beneficioso.

Andar como ejercicio

Lo que mejora nuestra salud

Nuestro cuerpo está pensado para mantener dos posturas durante un tiempo prolongado: de pie y tumbado. Durante el día, de pie, en movimiento, andando, corriendo, saltando; de noche, tumbado, recuperándose del trabajo diurno.

Sin embargo, la mayor parte del tiempo nuestro cuerpo está en una posición intermedia: sentado. Esto nos lleva a dos problemas: primero, nuestro cuerpo se olvida de sus funciones más elementales relacionadas con el movimiento; y segundo, al olvidarse de estas funciones tan exigentes, nuestro cuerpo se relaja, se vuelve perezoso y todo empieza a costar más. Y si cuesta más, y nuestro cuerpo ya no quiere hacer esfuerzos, pues nos relajamos todavía más y más, y al final llegan las dolencias y empeoran las enfermedades. Y todo eso por no andar.

Cambiemos el chip. Imaginemos que andamos todos los días. ¿Qué beneficios obtendríamos? El primero sería recuperar la vitalidad: nuestro cuerpo empezaría a recordar que los dos apéndices que cuelgan de la silla en realidad son piernas humanas y sirven para soportar nuestro cuerpo y llevarnos de un lado al otro. Con este cambio de chip tan mínimo, nuestro cuerpo mandaría una señal general para transmitir que se acabó la siesta y que es hora de ponerse a trabajar.

Esta llamada al trabajo revolucionaría nuestro cuerpo en diversos niveles. El corazón empezaría a bombear más sangre, pues cada parte de nuestro organismo necesitaría nuevos y más nutrientes que llegan a los órganos a través de la sangre. El Sistema nervioso central empezaría a poner más atención a los estímulos del mundo exterior y a mandar impulsos eléctricos a nuestro organismo: mejoraría la percepción de lo que nos rodea y cómo nos comportamos con nuestro entorno. Sentiríamos el suelo que pisamos, la luz, los olores, los sonidos… Y si hay un mundo por descubrir ahí afuera, nuestro organismo se vería en la obligación de prepararse para ello, así que mandaría señal a los músculos y articulaciones para que se desempolvaran. ¡Hay un mundo nuevo por andar!

Lo que mejora nuestra mente

¿Y todo lo anterior sólo por andar un poco? No pienses en andar como ese movimiento donde una pierna sigue a la otra: piensa en andar como un cambio radical de hábitos. ¿A que ahora ya no parece tan poca cosa? Pues todavía hay más.

Salir de casa o de la oficina para andar tiene también diversos beneficios para nuestra cabeza. Primero, porque al cambiar de escenario nuestro cerebro tiene que procesar ese nuevo espacio, con lo que refrescamos nuestra mente y nos oxigenamos. A veces, basta salir a dar un paseo para que surjan nuevas ideas. Unas veces son ideas nuevas, otras son pensamientos que ya estaban ahí, en nuestra cabeza, pero sepultados bajo la apatía provocada por permanecer varias horas en el mismo lugar. Al igual que la pelusa se acumula en los espacios sin ventilar, lo mismo sucede en nuestra cabeza si no andamos por lugares nuevos.

Asumimos entonces que andar favorece la creatividad y el pensamiento fluido. ¿Algo más? Sí, también reduce el estrés. Muchas veces el estrés se origina no tanto porque los problemas sean demasiado complejos, sino porque los percibimos como tales aunque no lo sean. Y buena culpa de que nos den tanto miedo se debe a que los pensamos como inabarcables porque nuestro escenario es muy pequeño. No pensemos en un escenario físico solamente, sino también en un escenario temporal: nuestra rutina de todos los días. Si siempre hacemos lo mismo, este escenario es verdaderamente pequeño, y cualquier cambio o novedad nos hará temblar de miedo y provocarnos altas dosis de estrés. Andar nos saca de nuestro escenario físico, pero también de nuestra rutina, y nos enseña que el mundo es mucho más grande que nuestro día a día o que nuestra oficina. Y si sabemos que el mundo es así de grande, esos problemas que antes nos agobiaban nos parecerán mucho más pequeños.

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